entre los factores biológicos, sociales y culturales de la conducta humana, que permiten potenciar
la salud. Se observa que muchos individuos adoptan hábitos alimentarios practicados por amigos
y compañeros de su entorno, prefiriendo comidas y bebidas pudiendo ser perjudiciales para su
organismo, pero que se constituyen en una práctica social.
Los estilos de vida saludable no solo abarcan aspectos físicos, como la alimentación
equilibrada y la actividad física regular, sino que también involucran el bienestar emocional, la
higiene del sueño y la gestión del estrés. Así, “Las prácticas de actividad física, autocuidado y
alimentación cumplen un rol relevante como estimulantes de la capacidad de aprendizaje de los
estudiantes, al mismo tiempo que disminuyen la ansiedad y el estrés” (Torres et al, 2019, p. 361).
La educación física, como asignatura curricular, tiene el potencial de fomentar el interés por
la actividad física y el desarrollo de hábitos saludables a largo plazo, por esta razón, y de acuerdo
con las apuestas que se erigen desde el Ministerio de Educación Nacional, MEN, Colombia (2016),
los estilos de vida saludable se definen como “el desarrollo de habilidades y actitudes de los niños
y niñas para que tomen decisiones pertinentes frente a su salud, su crecimiento y su proyecto de
vida, y que aporten a su bienestar individual y colectivo” (p. 1). En este sentido, los estilos de vida
implican la capacidad de adaptarse y utilizar el conocimiento de manera efectiva en diversas
situaciones de la vida diaria, reconociendo la escuela como un ente transformador en lo estudiantes,
de acuerdo a las diferentes vivencias que se presentan a diario en el área y cómo se le da solución
a las mismas.
Al respecto, las Naciones Unidas. Comisión Económica para América Latina y el Caribe,
CEPAL (2019), en uno de los objetivos de desarrollo sostenible exponen que todos los niños y
niñas tienen derecho a entornos de aprendizaje seguros, integradores y promotores de salud, allí se
aborda la necesidad de que los estudiantes adquieran conciencia de la importancia de una buena
nutrición, de una educación física de calidad y de la prevención del consumo de sustancias nocivas;
así pues, por medio del juego, el deporte y el aprovechamiento del tiempo libre, los estudiantes
adquieren las competencias básicas para que mejoren y tengan autoconocimiento de sí mismo y es
allí donde la educación física, con sus múltiples manifestaciones, se vuelve un ente trasformador
de los estilos de vida saludable en la escuela.
Siguiendo a Ruiz González (2015), es preciso reconocer que el concepto de estilos de vida
saludable ha evolucionado a lo largo del tiempo en respuesta a los avances en la medicina, la salud
pública, y las ciencias sociales. Inicialmente, sostiene el autor, que se asociaba con la ausencia de
enfermedad, pero en la actualidad se entiende como un conjunto de hábitos y comportamientos que
favorecen el bienestar físico, mental y social del individuo. La OMS (1986) ya había ampliado esta
definición al considerar factores como la actividad física, la alimentación equilibrada, el descanso
adecuado y el bienestar emocional como componentes clave de un estilo de vida saludable.
Los estilos de vida saludables, considerados patrones de comportamiento, que involucran
principalmente hábitos alimentarios y actividades físicas, potencian la salud y generan una
sociedad saludable (Rivera de Ramones, 2019). Estos incluyen la adopción de una dieta
equilibrada, la práctica regular de actividad física, la gestión adecuada del estrés, el mantenimiento
de relaciones sociales satisfactorias y el abandono de conductas perjudiciales como el tabaquismo
y el consumo excesivo de alcohol (Giraldo et al., 2010). La importancia de estos estilos de vida
reside en su capacidad para prevenir enfermedades crónicas, mejorar la calidad de vida y promover
un envejecimiento saludable.
La educación para la salud es hacer un bien colectivo, formando a los individuos para
contribuir en su salud de manera participativa y responsable, cambiando conductas perjudiciales y
promoviendo el aprendizaje de hábitos de vida saludable. Así, el proceso educativo debe promover
y educar a las personas; no solo es enseñar conductas, sino motivarlos para adquirir
comportamientos saludables (De La Guardia & Ruvalcaba, 2020). De acuerdo a esto, es preciso
mencionar que la educación en estilos de vida saludables en las instituciones educativas,