Volumen 35 No. 3 (julio-septiembre) 2026, pp. 124-127
ISSN 1315-0006. Depósito legal pp 199202zu44
DOI: 10.5281/zenodo.19701767
SUNIAGA, Francisco (2024) El Pacificador. Editorial Alfa. Caracas. Pp. 408
EL OCASO DEL HÉROE.
EL INFIERNO QUE SOMOS
Que la vida es absurda, de eso no hay dudas; y, lo es más, cuando unos pocos deciden por la mayoría. El ADN bélico del homo sapiens se impone a mazazos como el gran Trucutú. Hacen la ley y convierten lo que habita a su alrededor en rebaño. Son los duros, los fuertes, los trogloditas. Es la fuerza, la “valentía” del bruto, la que ordena el caos a su modo para que reine la paz de los sepulcros. Las leyes, lo escrito, son letra muerta para ellos, incluso siendo sus autores. El mundo avanza al son de los tambores de guerra, del pólemos que castiga el eros. Si atendemos a la antigua concepción de Heráclito en cuanto al pólemos (guerra, tensión) como “padre y rey de las cosas”, incipiente, escalofriante principio de la antigua dialéctica, lo que evidencia que todo se mueve por efecto de choque (acción y reacción), lo que vaticina que así ocurren las transformaciones y cambios que explican los distintos estadios civilizatorios. Así como tienen su tiempo de esplendor, lo tiene también de decadencia y destrucción.
Dios queda a un lado de los acontecimientos, mientras en el devenir serán muchos los redentores, los Mesías, los libertadores que saltarán a escena para apaciguarlo: construir un orden nuevo sobre el desorden de lo existente; ajustar disimetrías, construir armonías y consensos que hagan posible la convivencia entre las desigualdades y diferencias propias de unos y otros, reto siempre al día para quienes casaron su voluntad con el reino de Utopía.
El Pacificador, la última novela del escritor margariteño Francisco Suniaga (La Asunción, 1954), narra un período histórico de la transición de colonia a república independiente de lo que es hoy el territorio venezolano
Con gallarda y serena prosa Francisco Suniaga pone a prueba, una vez más, su talento de narrador; con clara solvencia mueve las fichas en su tablero narrativo, lo que lo convierte en uno de los relevantes escritores de nuestro país. Treintaicinco ajustados capítulos nos llevan a presenciar escenas como disparadas desde un retroproyector: Pablo Morillo copando la pantalla con su propósito de pacificar a las huestes de realistas y patriotas en la para entonces Capitanía General de Venezuela, mientras una voz en off, la del prisionero Francisco de Miranda, en breves y condensados relatos epistolares, advierte, a quien fuera su improvisado visitante e interlocutor en el castillo de las Cuatro Torres, en La Barraca de Cádiz, acerca de la némesis que le aguarda en esos ríspedos como atarantados territorios, en los que no hay bandos en quien confiar. Esta suerte de contrapunto a dos voces alcanza su propósito al contrastar la voz principal, la de Pablo Morillo, con la de bajo tono, pero no menos trascendente, la del Precursor de la Independencia. Esta dupla ficcional, sustraída de relevantes hechos históricos de lo que significó nuestro proceso independentista, sostiene a la novela desde el comienzo al final. El sentido trágico de la aventura de Morillo en lo que para entonces era Tierra Firme marcha entre trompicones desde la salida del Ejército Expedicionario en Cádiz hasta los azarientos años que le tocó enfrentar adversidades, desventuras, traiciones y demoliciones de su capital bélico: el desalentador inicio que significó la voladura de su buque insignia, el San Pedro Alcántara, en las costas orientales de Margarita y Coche, el asedio a Cartagena como triunfo pírrico por lo devastador que significó para unos y para otros, el alocado triunfo de La Puerta con un Bolívar que se le escapa, evade el cerco y él, Pablo Morillo, el héroe incólume de batallas en Europa, queda, después del triunfo, con una lanza llanera atravesada en su vientre, herida de la que le costará recuperarse y de la que se resentirá toda su vida. Por los entretelones de los turbios pasos del militar español en tierras desconocidas y estrategias equivocadas, transcurre una especie de sintonía de previos acuerdos, la voz de Miranda como admonición que cae, consecuencia de olvidados consejos. Porque si algo hay que destacar en esta oferta narrativa de Suniaga es el propósito expreso de mostrar el paralelismo existencial del alma heroica de ambos personajes, venida a menos al final de sus días.
La forjada visita de Pablo Morillo al cautivo Miranda mientras hace los preparativos y espera por la orden de Fernando VII para zarpar de Cádiz, constituye el acertado pretexto que le confiere sentido a la obra. De ese encuentro nos dice el narrador que el ensimismado y resignado Miranda, sumergido en el éxtasis de la lectura de un poema de Goethe, “Prometeo”, cuando concluye y levanta la vista, tiene ante él al mariscal de campo Pablo Morillo. Destacará Miranda el valor del poema y la resonancia que tiene en su temperamento y estado de ánimo: prisionero abandonado de Dios y de los hombres. Morillo derivará la conversación hacia su interés por conocer las causas de tanto espíritu felón entre los hispanos de ambas orillas. Así le preguntará sobre el motivo de esa locura, “¿de dónde salió ese odio?”. No hay respuesta inmediata de Miranda para esa pregunta, pero el tan bien curtido hombre de la guerra y frustrada empresa libertaria en su tierra natal, le permite ofrecer a su interlocutor una respuesta que todavía hoy tiene destellos de cruda y lacerante verdad: “Pero sí tengo una respuesta clara y meridiana para su interrogante previa. El enemigo de los venezolanos, contra quien combatimos, es el peor, el más feroz de todos: nosotros mismos. De eso pueden ustedes estar orgullosos, en eso somos muy españoles”.
Morillo gira en la órbita de una contrición que se obstina en perseguirlo, ese alter ego personificado en Miranda, un menú de advertencias que, como inevitable fuerza de atracción, lo arrastra hacia la ciénaga de fracasos como lo ocurrido en Cartagena. Los dos son de modesta procedencia familiar, se procuraron trascender los límites de su estrato social y alcanzar a través del ejercicio de las armas posiciones jerárquicas en la sociedad estamental de su época. Miranda, culto, políglota, viajero, destacado soldado de batallas europeas como lo fue Morillo, sólo que las deficiencias intelectuales de éste las irá solventando en el camino el capitán Asorey, su asistente y amanuense durante la expedición. Soñador y ávido de conocer mundo, Asorey será el otro personaje clave en la novela, ya que será quien dé testimonio de esa frustrada epopeya, hasta despedirlo en la rada de la Guaira, donde lo esperaba una corbeta de la armada española para su viaje, al fin, de regreso ; viaje varias veces postergado por las circunstancias de la guerra y que, esta vez, concedido bajo los prolegómenos de la restituida Constitución de Cádiz de 1812, obra del espíritu liberal que dominará en España a partir de 1820, en la que los poderes de Fernando VII pasaban a segundo plano, lo que se traducía en otro desvalimiento en su travesía. Se despidió de su gente tranquilo y con optimismo, aunque todos sabían que la procesión iba por dentro y que, en lo más recóndito de su espíritu se agitaban extravíos, desventuras y naufragios. Se llevó consigo su rencor a Arismendi, prócer republicano descrito en la novela con sus virtudes y flaquezas, distante del que vende la historia canónica. Lo mismo podría decirse del “Ayax” de la guerra independentista, José Francisco Bermúdez. La otra sombra que lo martirizó, Bolívar, su preciado objetivo militar para concluir la guerra, conciliar el país y regresarse victorioso a su tierra, no alcanzó más que para permitirle el triunfo en La Puerta, donde aquél escapó y éste terminó gravemente herido, lo que sirvió, al menos, para que en la agenda del rey se le otorgaran títulos rocambolescos como el Marqués de La Puerta y Conde de Cartagena, inesperadas caricaturas de la historia en aquellos tiempos.
Así como Miranda firmó una Capitulación con Monteverde–en la novela la llama “armisticio”-, lo que cierra su gesta libertaria como fracaso, Morillo sale de escena después de reconciliarse con Bolívar y de haber acordado con éste la firma de un armisticio en Santa Ana (Trujillo) en 1820, detrás de cuyo texto estaba el espíritu y letra de otro futuro mariscal, Antonio José de Sucre.
¿Qué se propuso el escritor Francisco Suniaga al yuxtaponer estos dos hitos de nuestra traumática gesta independentista?
Cádiz, lugar del zarpe del Ejército Expedicionario en 1815, y el castillo de la Cuatro Torres, en La Barraca, donde pagaba injusta condena Francisco de Miranda, son la excusa que confiere verosimilitud al encuentro de estos desafortunados guerreros de aquellos tiempos: Uno, acuciado por las nacientes utopías de la liberación de las colonias hispanas; el otro, encomendero de las armas de un imperio abocado a apaciguar las rebeliones e insurgencias de mantuanos y chapetones en sus colonias, lo que en juicio del tío realista de Bolívar, Feliciano Palacios y Blanco, era una bellaquería imperdonable cuando se refiere a su sobrino Simón José: “Nuestras relaciones nunca fueron buenas. Y empeoraron aún en los últimos años, desde su incursión en política con una organización nefasta, la Sociedad Patriótica, que dirigían Francisco de Miranda y él mismo. Allí, los jóvenes de las familias más ricas de esta Capitanía General hicieron la revolución contra sí mismos”. Un año después, 1816, muere Miranda, mientras en lo sucesivo Morillo empezará a sentir en carne propia los martirios de su odisea, la que tiene de trasfondo los malos augurios del Precursor.
Instalados en la realidad presente, podríamos derivar muchas conclusiones. El Monstruo, como calificó José Domingo Díaz a Bolívar, aún hoy, deja oír el chischás de su sangrienta espada que recorre a América Latina. Un mito que se niega a morir para maldición y tragedia de esos pueblos nuestros arrastrados ciegamente hacia un sempiterno subdesarrollo en todos los ámbitos. El más penoso y calcificante, el subdesarrollo mental que asume como destino el enquistamiento de sus fuerzas y la embrutecedora pobreza como autocastigo, la desvalorización de una ciudadanía que no ha crecido intelectualmente, sino que vive replegada y sumisa bajo los cánones de una ideología envilecedora, la que vulnera lo más valioso del ser humano: su dignidad, porque, en vez de enaltecerlos, los arrebaña, los aliena, hasta hacerlos reo de la insania de un sistema que los convierte en abominable servidumbre.
¿Qué hubo de tales héroes? La prosperidad de lo trágico, lo vesánico, lo inconsútil, ruinoso e incierto de los pueblos de América. Un breve prontuario de las proezas heroicas del pasado arrojan un saldo negativo con el sello de garantía de lo inconcluso, ¿cuándo no ha sido así?: Bolívar expatriado y errante en su jornada final con la derrota como premio, camino a su muerte temprana en Santa Marta; Sucre, “crucificado” por las patriotas armas de una libertad sin rumbos; Piar, fusilado por su compañeros de bando por irregular y faccioso; José Félix Ribas, decapitado; José Antonio Anzoátegui, muerto en sospechosas circunstancias, posiblemente envenenado por rivalidades entre las tropas: Bermúdez, asesinado por quienes desatendían la soberbia de su genio, y paremos de contar, porque el resto del procerato se disolvió en burocracia y ambiciones interminables.
Hay una obstinación del héroe – lo que hoy representa el líder- en imponer su ideología cueste lo que cueste, el llevado y traído axioma atribuido a Maquiavélico, “el fin justifica los medios”, mientras un pueblo perece en la refriega víctima de la carencia de las más básicas necesidades como ocurrió en Cartagena. Atraso, miseria, destrucción de infraestructuras y valores son el mejor colofón, como ocurre en la Venezuela de nuestros días. Al final de su derrota, valga la polisemia del término, Bolívar, en el Congreso Admirable de 1830, dejó un compendio que lo define todo y deja sin esperanza el futuro que esperaba a los grancolombianos: “Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás”. Independencia fraudulenta, si a ver vamos los frutos, todavía hoy, de las abortadas repúblicas.
La historia está más llena de vergüenza que de otra cosa. No deja de tener razón el escritor Claudio Magris cuando advierte que “La Historia es una costra de sangre, desprenderla es ya imposible, pero tal vez bajo esa excrecencia haya todavía vida”. Por esa excrecencia apenas resollamos bajo el palio del Prometeo de Goethe que niega a los dioses cualquier franquicia humana, de la que se hace eco el escéptico Miranda, cuya aprehensión de fracaso no poca pudo haber calado en la conciencia de Morillo cuando cuando se enfrentó a lo desconocido. Servido estaba su destino, y aquí repongo las palabras finales de El Pacificador de Suniaga: “Al coronel Asorey le pareció que estaba en paz consigo mismo, tanto como lo había parecido un lustro atrás, cuando caminaba por la dársena del puerto de Cádiz, presto a abordar su buque insignia y atravesar el Atlántico con la orden imposible de pacificar el infierno”.
Ramón Ordaz
Universidad de Oriente, Venezuela.
E-mail: ramonordaz_quijada@gmail.com